Al otro lado del puente





Un grito de dolor rompió el silencio de la inquietante mansión.
-Pero, ¿qué haces?
La mujer ocultaba el rostro bajo un velo negro mientras hundía una aguja en la piel del hombre. Un hilo de sangre manchó su pálida piel. El desafortunado muchacho ya contaba con innumerables cortes profundos.
-Cédeme tu poder, y te dejaré en paz.
Sacó un cuchillo que más bien parecía un sable, y cortó sin piedad el dedo pulgar de su marido. Un alarido desgarrador salió de su garganta. El suelo a su alrededor era rojo oscuro, del color de su sangre. Era su sangre.
-No dejaré contigo a Rick- murmuró con dolorosa pena.
-¿Eso piensas?
Con el mismo cuchillo se lo hincó en el ojo. El hombre se sentía desfallecer. Estaba cortándole lentamente el párpado.
“Si pudiera elegir en este momento, quisiera morir” Pensó él. “No voy a dejar a mi hijo pasar por lo mismo si está en mi mano”. Su esposa se dispuso a romperle la rodilla derecha. No podría permanecer así para siempre, ¿o sí?


    Capítulo 1. -1 de agosto-
                                Tarde
Hacía un año ese día que me había mudado al que era mi lugar natal, mi hogar y al que realmente pertenecía. En meses, por motivos de trabajo de mi padre, vivimos en un horrible piso estrecho e incómodo. ¡Cuánto había hecho de menos mi querido pueblo! Y su gente tan encantadora.
Al pasar por las calles, te saludaban aunque no fueran amigos cercanos, pero en comparación con la ciudad, donde el único sonido que se escuchaba de sus habitantes eran sus vehículos, era precioso.
En cuanto llegué a mi habitación solté las maletas y admiré que las paredes rosas pálidas estaban iguales desde que me fui, aunque necesitaban una buena mano de pintura, y decoración con fotos y frases de los libros que me gustaban. Me encantaba leer, también estuve repasando y colocando de nuevo los gruesos volúmenes que me había llevado a la ciudad.
Miré mi armario, medio vacío y de repente vi algo que atrajo mi atención como una polilla a la luz, lo cogí, me cambié y salí precipitadamente del cuarto, con mi bikini puesto y listo para volverlo a utilizar en natación. Grité a mi madre desde el piso de arriba mientras bajaba corriendo la escalera:
-¡Mamá! Voy a ir a nadar un rato. No me esperes hasta la cena.
Salí corriendo antes de que le diese tiempo a contestar, y a paso ligero llegué a casa de mi amiga, puesto que vivía a una manzana de la mía.
Se que pensaréis que soy una chica impulsiva, y hace lo primero que se le pasa por la mente -que en parte es cierto- pero echaba de menos a mi amiga, compañera de clase, de natación y de pañales, y sobretodo a sus abrazos prolongados de oso.
Llamé al timbre, y a la segunda vez que insistí, una chica de unos 15 años, de pelo castaño, ojos oscuros y sonrisa radiante me salió como un huracán en busca de mis brazos.
-Amor, ¿dónde estabas? Te e echado muchísimo de menos.- susurró en mi oído.
-Lo sé. Yo también. Me alegra de verte, estas guapísima.
Eso fue lo más duro de irme, dejarme atrás a mis amigas, sobretodo a ella, mi querida Zoe.
Al instante me acordé:
-¿Me acompañas a la piscina?
-Claro, estoy en 5 minutos.

No habían pasado ni dos, Zoe salió con un bikini en cada mano y preguntó:
-¿Prefieres azul o gris?
-Ponte uno encima del otro, seguro que ni se nota.
-Que graciosa que vienes, nena.- rió con ganas.
Al cabo de otro minuto salió con un modelo diferente color rosa.
Le sonreí, guardándome una carcajada para mí para no molestarla y la volví a mirar.
-¿Qué pasa?
Nos miramos, y las dos estallamos en carcajadas. Eso también lo había echado de menos. Jamás nadie me había entendido tanto con tan pocas palabras. A su lado me sentía única, especial y sentía que esa amistad que habíamos estado con tanto cariño y esfuerzo, después de todo, estaríamos la una para la otra siempre.

Paseé junto a Zoe poniéndonos al día hasta llegar a la piscina, que no añoraba tanto ya que allí en mi antiguo residencia había una piscina diez veces más grande, y la entrenadora siempre estaba atenta de mí.
Mi amiga se quedó quieta, paralizada, y si no llega a ser porque la conozco tan bien, hubiese chocado de morros mi cara en su espalda.
-¿Y bien?
-No lo recordaba, pero cerraron la piscina este mes porque la mujer del dueño murió hace una semana, permanecerá así hasta que encuentren un sustituto. Lo siento.
Esa noticia me bofeteó de pleno en la cara. Tenía recuerdos de la hermosa señora, que siempre nos preparaba galletas después de los entrenamientos más duros cuando era pequeña, a veces iba a visitarla con mi madre, eran muy amigas. Cuando se enterase se pondría muy triste. La señora García tenía una extraña enfermedad desde hacía varios años. El dueño y entrenador de la piscina estaba continuamente de malhumor y a veces incluso regañaba sin motivo aparente.
En más de una ocasión me sumergía conscientemente para no escuchar sus gritos enfadados regañándome.
-Pobre mujer, como lo siento. ¿Me acompañarías a darle el pésame más tarde?
-Claro.

Era un pueblo tan pequeño y acogedor que tenía sus ventajas, conocíamos donde vivía cada cual. Marchamos hacia la casa de mi ex-entrenador, pero al pasar por delante de la panadería del señor Hernández. El olor de sus exquisiteces me embargó y no pude hacer otra cosa que entrar.
Zoe rechistó:
-Pero, ¿qué..
La voz del señor Hernández me llegó desde detrás del mostrador:
-Mi querida Alice, qué de tiempo sin verte por aquí. Creí que no volverías nunca. Escoge algo.
Le hice caso, y cogí mi favorito: un cruasán, me recordaban tanto al viaje que hice a Francia.
Fue una experiencia única conocer gente tan fantástica en aquel intercambio.
-Invita la casa.
-Oh, gracias, es usted muy amable.
Con una sonrisa despedimos al panadero, le di mi mitad del cruasán a Zoe, que rehusó, y andamos esa calle, hasta parar frente a una casa, que se alzaba majestuosamente en la acera de en frente. Con terraza, porche y piscina en el patio, esa casa era de las más lujosas del pueblo y una de mis favoritas.
La señora García la había decorado con mucho gusto y pasión, porque a parte de la natación, a ella lo que más le gustaba era la decoración y la pintura, como una vez le confesó a mi madre.
Llamamos, pero nadie abrió ni dio ninguna señal de vida en ella. Por el rabillo del ojo me pareció que la cortina del salón, pegada a la puerta se movía levemente. Quizás solo fuera mi imaginación. Me llevé un susto de muerte cuando al segundo vi que se movía con más intensidad, pero justo en eso momento se abrió la puerta, con apenas un susurro.
Zoe también lo había visto, ya que sus uñas y sus manos estaban agarradas fuertemente a mi brazo, y con cara de haber visto un fantasma -sin ironía-
Ante nosotras estaba el señor García, lo saludamos con un movimiento de la mano, y nos iba a cerrar la puerta en las narices cuando se fijó detalladamente en nosotras y al parecer nos reconoció.
A sus casi 50 años, se mantenía en buena forma, y dirías que tuviera unos treinta y muchos años de no ser por las marcadas ojeras y las arrugas que se le formaban debajo de sus tristes ojos.
-¿Queríais algo, chicas?
-Solo queríamos decirle que lo sentimos por su esposa. -respondí apesadumbrada- y si necesita algo, aquí estaremos.
-Gracias, pero para eso ya tengo a Rick. -dijo con tono sombrío.
Miré a Zoe, con una mirada significativa e interrogadora, nunca habíamos escuchado nada sobre Rick, y el señor García no tenía hijos y sus sobrinos más cercanos vivían en Alemania hacía 3 años.
Sin más preámbulos, nos cerró la puerta en nuestras narices, y nos quedamos allí mirando una puerta de madera con llamadores en forma de mano y con cara de bobas.
Antes de marcharnos, observé por última vez la cortina que antes se había movido, y para mi sorpresa dos ojos grandes y azules me devolvieron la mirada, pero lo más asombroso es que esos ojos no pertenecían al señor Garcia. Él los tenía oscuros.
Me volví para comentárselo a Zoe, pero esta ya estaba bajando los escalones que daban al porche de la casa y cuando me giré de nuevo hacia ésta, solo me encontré la cortina estampada en detalles blancos.
Zoe, no se había dado cuenta de nada, era bastante despistada.
Decidí no comentarle nada porque, ¿quién me decía a mí que no era el cansancio lo que me hacía ver cosas así? Teniendo en cuenta que la ciudad donde vivía se hallaba a 3 horas y media de allí, y el paseo, era muy probable. Intenté convencerme y aferrarme a ello.
De camino a casa, estuvimos comentando sobre el tema de la cortina y nuestras hipótesis, acordamos que solo había sido una ráfaga de aire, e ignoré decirle que la ventana permaneció cerrada.
Acompañé a mi mejor amiga a su casa, que para despedirse me regaló otro de sus abrazos y me estampó un sonoro beso en la mejilla. Con gran desilusión emprendí el regreso a mi casa, pero lo que no me esperaba era lo que iba a ocurrir a continuación. Doblé la esquina, pero con el horrible presentimiento de que alguien me seguía, y los sonidos de pasos que escuchaba me lo confirmaba.
Aceleré el paso hasta casi correr, me quedaban varios metros hasta llegar a mi casa cuando oí algo que me dejó paralizada, un susurro:
-Alice, te estaba esperando.
Una gota de sudor frió resbaló por mi cara, incapaz de moverme ni mucho menos articular palabra, abrí la boca de par en par. “Esto no debe estar pasando. Unos pasos más y estarás en casa.” Respiré hondo, puse un pie tras el otro y avancé un tramo más. Temblaba.
La voz, una voz suave y dulce de mujer siguió:
-Cruza el puente.
Al ver que yo la ignoraba -con un gran esfuerzo por no desmayarme- dijo:
-Alice.
Esta vez, pronunció mi nombre, con un deje de amenaza y no pude remediarlo, solté un grito para que alguien me oyese, estaba aterrada. ¿Cómo podía saber aquella mujer mi nombre? Había algo espeluznante en su voz.
Mi madre salió de mi casa y preguntó que ocurría, pues tenía la cara blanca.
-Nada, sólo vi una araña.
-No me vuelvas a dar esos sustos, ¿entendido?
Por alguna razón que no me explicaba ni a mi misma, preferí callarme lo que había oído, no quería que mi madre me metiese en un manicomio ni me trataran de loca. Cuando hube recuperado el aliento, me fui a mi habitación y con todo, me quedé dormida.
Al cabo de lo que a mí me parecieron cinco minutos, alguien me llamó mientras me mecía suavemente.
Mi hermana menor, al ver que abría los ojos me apremió:
-La cena ya está lista.
-Claro, guapa, enseguida voy.
Bajé acompañada de mi hermana la escalera, para luego entrar en la cocina.
Notaba a mis padres muy tristes, y recordé la noticia de que la señora García había fallecido. Era gran amiga de mi madre,y supuse que sería eso, porque aunque yo no me acordé de darle la noticia -mi mente vagaba sobre la voz que me había hablado cerca de mi casa- esa tarde habían visitado mi casa algunas vecinas, a las que le encantaban los cotilleos y todo lo que ocurriese en el pueblo. Ellas eran como el periódico local, solo que más rápidas, daban la noticia a veces cuando estaba sucediendo. Aún recuerdo una vez en la que entraron, mi madre había preparado una merienda para todos los del barrio, yo me encontraba en el salón, y acudieron corriendo solo para proclamar que una mujer se había quedado embarazada, pero extrañamente había ido ella al médico para confirmarlo esa misma tarde. Mi madre las hacía llamar 'El club de los loros', siempre unidas y no parando de cascar. Así que, en definitiva, ellas se lo habrían contado todo.


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